Cuento: Drácula Vampira Sangrienta

No quiero salir. Es la primera noche fría del año, verdaderamente fría. Siento que se me congela la sangre. Pero contra mis deseos, la insistencia de Lucía me obliga a abrir el capullo protector de mi departamento calefaccionado y surgir a las calles de Buenos Aires como una polilla enrollada en sus alas de lana. Afuera hay una neblina rara que me hace acordar a aquella vez, hace tantos años, cuando los incendios en Entre Ríos y el Delta sumieron la capital en una cortina de humo apestoso. Es raro que haya niebla de noche, al menos en la ciudad. No soy supersticiosa, pero en mi cabeza suenan palabras que decía mi vieja: “un mal presagio”.

Con Lulo nos hicimos amigas casi desde el primer día que empezamos la facultad. Compartíamos las mismas clases y viajábamos juntas a Ciudad Universitaria desde Chacarita en el 42, hasta que me cansé de la hora en tren desde Lemos y conseguí mudarme a la capital. Para entonces la amistad ya había echado raíces muy profundas. Incluso soportó cuando me cambié de carrera de biología a química después del ciclo básico.

Cuando llego a Plaza Francia, ella me está esperando en la salida del subte, toda emocionada y dando saltitos de anticipación como un conejo gigante antropomórfico. El frío siempre la ignora, hay demasiada pasión en su sangre. Tiene puesta una remera de hilo de cuello abierto y un saquito de paño muy fino que me obligan a ajustarme la bufanda en una respuesta automática.

–  Lulo estás loca, te vas a engripar – le digo, aunque desde que la conozco jamás estuvo un día en cama.

Ignora mi advertencia y, mientras caminamos hacia la entrada lateral del Jardín Botánico, ella habla emocionada de esta exhibición, de lo rara que es, y de lo genial que es poder ver una especie nueva de orquídea antes que el público general. Me gusta mucho su pasión, como se le iluminan los ojos cuando habla de todas esas cosas. Como se le calienta la cara y se le ponen los cachetes colorados.

Aún cuando estudiabamos juntas nunca me importaron demasiado las plantas, pero siempre fue una pasión para Lulo, y tengo que reconocer que su entusiasmo es contagioso. De otra forma no estaría acá con ella en plena noche, a punto de ver por primera vez la…

–  Dracula vampira sanguínea. – la voz de Lulo, imitando un acento transilvano casi me hace dar un salto, mientras me saca del monólogo mental en el que estaba sumida.

–  Qué boba sos, y que nombre tan tonto para una planta.

Se levanta el borde del saco de paño imitando una capa y se pone a dar vueltas alrededor mío. En casi todo sentido sigue siendo una nena.

–  No es tonto. Drácula significa pequeño dragón, no tiene nada que ver con vampiros y esas cosas. Todo el género de estas orquídeas lleva el mismo nombre. Es por la forma de la flor. Ésta, según leí, es diferente a otras de la misma familia por el color rojo muy intenso y distintivo de sus flores, pero sobre todo por sus raíces…

Sigue hablando pero sus palabras se me mezclan en la cabeza. Es demasiada información y mi mente comienza a nublarse como esta noche.

–  Si, si, claro. Seguro el botánico que la descubrió se mató de risa poniéndole ese nombre tan tonto.

Antes de que podamos empezar otro debate sobre la importancia de la taxonomía moderna, de los cuales tenemos suficientes en nuestro haber para ser calificadas como enormes nerds, aparece el “amigo” de Lulo en la puerta.

Lo conoce porque es ayudante de cátedra en una clase que ella está tomando, y además tiene un permiso para hacer un estudio nocturno en el Botánico. El tipo no me gusta de entrada, pero puede ser más que nada algo mío. Capas es porque nos va a dejar pasar fuera de horario, lo que no me parece ético.

Entramos y nos dice que vayamos hasta el vivero central, que nos dejó la puerta abierta. Él no puede acompañarnos ahora, está ocupado con algo. Qué se yo, no me importa. Lulo me dice que me adelante mientras ella habla con el tipo. Que hagan lo que quieran.

La niebla es tan densa en el Botánico que apenas puedo ver las luces como estrellas distantes en una nebulosa. Vinimos tantas veces a ver exposiciones o a hacer picnics los fines de semana que me puedo orientar bien. Estoy segura. Tengo que tomar este camino de ladrillo rojo a la derecha. Doblar otra vez. Seguir por acá y tendría que tener el invernadero adelante. Después de caminar un rato termino en el otro extremo del parque.

Nunca me había dado cuenta lo laberíntico que es este lugar, especialmente en la penumbra y sin un mapa. Vuelvo sobre mis pasos y me topo con una de las fuentes decorativas. La pareja de doncellas de bronce abrazadas en su centro esquivan mi mirada. En alguna parte al frente escucho la voz de Lulo y camino hacia ella.

Entre el tenue resplandor de la niebla se asoma un destello, y de ese rayo de luz brota la estructura metálica del invernadero, como una extraña catedral gótica con muros de cristal.

–  ¿Lulo estás ahí? – No hay respuesta, aunque escucho movimiento de hojas dentro.

La puerta que casi siempre está bajo llave se encuentra abierta, y en el piso hay un cartel. Lo levanto. Es una chapa que debería estar agarrada a la puerta, con información impresa sobre la nueva planta del Botánico, incluida una foto a todo color.

“Nueva especie de orquídea género Drácula, especie vampira sanguínea. Originaria de la selva ecuatoriana. A diferencia de otros ejemplares de su orden, no es epífita, y se piensa que sus raíces tienen carácter parasitario. Descubierta por el explorador…”

Antes de poder terminar de leer el cartel siento la humedad que atraviesa mi guante de lana.

El borde de la chapa está cubierto de sangre.

Lo tiro y entro corriendo al invernadero, llamando a mi amiga. Siento náuseas. Me quiero ir de ese lugar y llevarme a Lulo conmigo. Entre hileras de helechos y plantas tropicales veo su silueta adelante, con la cabeza baja. Me da la espalda. Su cuerpo parece brotar de entre las plantas que no me dejan ver el piso del invernadero.

–  Lulo, la sangre – le digo, y extiendo la mano con el guante ensangrentado hacia ella.

Se voltea en un giro extraño, como si estuviera pendiendo de un hilo, o montada sobre un trompo. Tiene una flor en la mano izquierda. La reconozco al instante por la foto del cartel, es la vampira sanguínea. Me toma del guante con la otra mano y se lleva mis dedos a la boca. Estoy petrificada. No puedo respirar. Siento una ola de calor que me invade como si hubiera entrado en una catarata de agua hirviendo. Veo la flor en su mano. Las raíces se entierran bajo su piel. Las veo deslizarse desde los dedos por debajo de su traslúcida muñeca. Retrocedo. Caigo. El guante se desliza de mi mano y queda colgando de su boca como un babero ensangrentado. A los pies de Lulo veo el cuerpo de uno de los cuidadores, parcialmente cubierto por más flores.

Me pongo de pie y trato de correr hacia la puerta, pero está cerrada. Al otro lado veo a su amigo, el ayudante de cátedra. Tiene una flor en el ojal de su saco. Cuando me doy vuelta tengo a Lulo encima. Me agarra en un abrazo y me acaricia el pelo.

–  El rojo es tu color – me dice con una sonrisa, y me pone una flor detrás de la oreja.

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