Cuento: Mi Casa

el

El plan era sencillo. Redactar un contrato que parezca real, un par de sellos por aquí, firmas inventadas por acá y listo el pollo. Un crimen sin víctimas.
La casa había estado abandonada por más de un año después que la vieja estiró la pata. Había sido una reclusa, sin familia conocida, sin amigos. Le agarró un ataque en la calle cuando volvía del mercado y eso fue todo. La idea empezó a rondar en la cabeza de Clarisa en cuanto la reconoció en la morgue, pero se tomó un año para pensarlo bien y esperar que apareciera algún acreedor o pariente oculto. Pero nadie llegó.

La conocía de cruzar caminos en el barrio, pero nunca intercambiaron una palabra, aunque seguro se habrían hecho algún gesto de cabeza al verse, a modo de saludo, como quien reconoce la existencia de la otra. De todas formas su vida solitaria era parte del panteón de historias y chismes comunes de La Paternal.

El trabajo de enfermera de Clarisa no pagaba bien y el alquiler era un peso cada vez mayor que le estrangulaba desde la billetera toda decisión, tanto importante como banal. ¿Ese vestido? No, con eso comés una semana. ¿Ese viaje a las Bahamas que siempre quisiste hacer? No, contentate con estrenar el bikini en BA Playa. ¿Salir al cine? ¡Para qué si ya se puede ver en Popcorn Time! Pero sin ese alquiler las cosas podían ser muy diferentes…No podía desaprovechar una oportunidad como esa, que la llamaba con los brazos abiertos.
Su amigo el abogado la asesoró en cómo preparar el documento de alquiler. En caso que apareciera alguien a reclamar la propiedad, solo tenía que fingir inocencia bajo el escudo de ese papel. “¡Me engañaron! ¡Soy una víctima más de esta sociedad enferma! ¡A quién se le iba a ocurrir que me alquilaron la casa de una muerta!”.

Si, el plan era muy sencillo.

Forzar la puerta tampoco fue difícil. Tenía varias cadenas y dispositivos de seguridad que la dueña había implementado para protegerse en su soledad absoluta, pero había salido a hacer los mandados la última vez que cerró la puerta, por lo que solo tuvo que pagar a un cerrajero, para que abriera la cerradura principal y cerrara la boca.
Las cadenas caían inertes a los lados del portal cuando se abrió la madera, negra y maciza. El interior de la casa era un museo de recuerdos y basura. De diarios, tazas y copas de cristal rotas. Muebles enormes llenos de cubiertos, frascos de perfume y vestidos largos hasta los pies. Las paredes cubiertas de cuadros y fotos de gente que ya nadie recuerda; lo mismo podrían no haber nacido nunca.

Puso manos a la obra con celeridad. Guardó toda la basura en bolsas de consorcio y despejó la mayoría de las habitaciones para traer sus propios muebles. Pero no se atrevió a vender o donar nada de la vie…. Señora. Por alguna razón ya no se sentía cómoda pensando en ella como la vieja, así como no podía imaginarse tirar las pertenencias de su nueva locadora. Por eso juntó todos los muebles en una gran habitación del fondo, sin ventanas, que había sido el dormitorio principal. Uno a uno entraron como piezas de un rompecabezas. Al final solo quedó un pequeño espacio libre entre placares y cómodas, donde apenas entraría una persona de pié.
Cerró la puerta y tiró la llave por debajo, dentro de la habitación. No quería volver a entrar ahí.

Su primera noche fue difícil. Aunque eligió el cuarto con la mejor orientación indicada por el Feng Shui, y colocó la cama en la posición correcta, le costó conciliar el sueño. En cuanto cerraba los ojos le parecía escuchar ruidos extraños que venían desde otras habitaciones de la casa. ¿Alguien caminando? ¿Un mueble arrastrado sobre el piso de madera?
Un par de veces se levantó a revisar las habitaciones, pero no encontró nada raro.
“Son ruidos de una casa antigua” -se dijo con una risita nerviosa-, y volvió a acostarse, pensando en lo tonta que era por terminar su recorrido apoyando el oído contra la habitación cerrada del fondo.
Pero cada vez que estaba por conciliar el sueño, volvía a escuchar esos ruidos.
Luego de repetir esta rutina un par de veces buscó en su botiquín los somníferos que había jurado no volver a tomar, porque la dejaban drogada todo el día, y se sumió en la oscuridad.
Despertó sintiendo el cuerpo duro, como si hubiera dormido en una caja y transcurrió su día como un zombie, apenas consciente de lo que hacía.

La noche siguiente fue directo a los somníferos. Pensó que si se acostaba temprano y dormía hasta la mañana sin sobresaltos, no la iban a afectar tanto. En cuanto se tiró en la cama empezó a escuchar los ruidos, cada vez más lejanos, mientras se hundía en el túnel turbio de la inconsciencia forzada. En el extremo de ese túnel había una mancha de luz acuosa y, recortada contra su resplandor, una figura de pie, inclinándose sobre ella.

Se despertó dando un salto. Todavía era de noche. Fue corriendo hasta la puerta de la habitación del fondo y se quedó parada frente a ella. A ella. Todo lo que había sido estaba detrás de esa puerta. Su locadora.

Fue corriendo a buscar unos tablones que le sobraron de las estanterías nuevas que acababa de instalar y su caja de herramientas. Pasó el resto del día tapando la pared completa con madera. Clavando cada tablón desde el piso hasta el techo. Cuando se quedó sin material fue al corralón y compró más tablas, y enduído plástico. En algún momento el teléfono sonó, tal vez del hospital para preguntar por qué no había ido a trabajar. Pero no lo escuchó. Su foco era esa puerta y hacerla desaparecer. Cuando terminó ya era de noche nuevamente y donde antes se encontraba la entrada a la habitación del fondo sólo había una pared blanca, de superficie rugosa y llena de imperfecciones, pero no quedaban rastros de ninguna puerta.
Exhausta, volvió a la cama y se derrumbó en las sombras.
No había sido tan sencillo después de todo.

Clarisa se despertó en una posición muy incómoda. En algún momento de la noche debía haberse caído de la cama, porque tenía el cuerpo acalambrado y estaba apoyada contra una superficie dura de madera. En cuanto el sopor terminó de abandonarla se dio cuenta que estaba de pie. Abrió los ojos pero solo había oscuridad. Extendió los brazos buscando alguna forma familiar pero apenas alcanzó a recorrer unos centímetros antes de chocar contra una pared de madera. Tanteó la superficie hasta encontrar una perilla.

¡Una puerta!

Tiró de ella y una montaña de tela la cubrió. No podía verla, pero sabía que eran esos vestidos pasados de moda que llegaban hasta los pies. Lo sabía por el olor a rancio. A anciana enferma. Pensó en la llave, tirada en algún lugar, en alguna dirección a metros de ella. Trató de apartarse pero no había lugar, estaba encerrada en un espacio no mayor al de un…

A través de la tela, la madera y la nueva pared recién terminada, sus gritos fueron un eco apenas perceptible en la casa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s