Cuento: Lugares desconocidos de aquel mundo

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Entre las altas cumbres

En algún lugar del otro lado de aquella cordillera, entre montañas que nadie ha pisado, hay un claro donde la hierba no crece. Lejos de las gélidas cumbres, la nieve no toca ese suelo y el agua en su deshielo lo ignora. Durante el día las aves allí no se posan y en la noche, criatura alguna busca refugio entre sus rocas. El terreno de ese valle es duro y compacto, brillante, negro y está cubierto por una extensa red de finas grietas, como telarañas del vacío. Son pequeños abismos de una anchura no mayor a la de un alfiler, que durante las noches dejan paso a una luz de color indescriptible, que nadie jamás ha visto. Y en el centro de este claro se levanta una torre negra sin puertas ni ventanas.

Entre los mares enfurecidos

Hay una zona cercana al frío continente, al sur del último archipiélago, conocida simplemente como El Vacío. Ningún navío se atreve a acercarse a sus aguas, por miedo a antiguas leyendas sobre serpientes marinas y vórtices que arrastran a las embarcaciones hacia formaciones rocosas, apenas ocultas bajo la superficie. En el centro mismo del Vacío hay una isla en la que barco alguno jamás ha anclado, que es apenas una roca desnuda que sobresale entre las olas. El mineral que la forma parece ser una especie de vidrio negro volcánico, trazado por una infinidad de grietas que descienden más allá de las profundidades marinas y que durante las noches emiten un débil resplandor de un color desconocido. Allí se yergue una columna oscura, con tres paredes pulidas que parecen extenderse hasta perderse en el infinito.

Entre las arenas eternas

Se cuenta que sobre la inaccesible meseta de Leng, hay un gran desierto que se expande más allá de toda dimensión, aislado por turbulentas tormentas de arena que evitan cualquier posible exploración. Es una región indómita regida por dunas viajeras que cambian constantemente la fisonomía del lugar, haciendo imposible su cartografía. Aventurero alguno ha apreciado tan poco su vida como para intentar atravesarlas y mucho menos registrar la existencia del promontorio que se encuentra en su centro. Este crecimiento anómalo de roca negra volcánica, cubierto de pequeñas grietas, parece haber brotado sin razón desde el corazón mismo de la tierra. Allí se levanta un extraño monolito negro, que a través de los siglos se ha mantenido incorruptible ante la erosión de los elementos.

Hay momentos en que los tres obeliscos parecen temblar al unísono, como si la gran garra de un ser dormido se agitara en sueños.

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