Cuento: Vestida de blanco

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Como siempre, llegás una hora más tarde que todos los demás. Te quedás ahí quieta en la puerta por unos minutos, asustada en medio de la noche, hasta que se dignan a bajar y cuando te abren te inventás una historia para explicar tu retraso. Hubo un accidente en el camino, una chica se cayó en las vías del tren y el conductor se detuvo a último momento cuando vio el reflejo blanco de su ropa en las vías. No habría pasado tanto tiempo, pero hubo que esperar al SAME para que se la lleve. Pobre piba. Y el tren no podía irse así nomás. No, estaba viva. Juro que estaba viva. Les decís. Y no sabés por qué te ponés a llorar, porque no es una historia real, o capaz que si, capaz que es un recuerdo que te llegó de algún lado, de hace mucho tiempo. Y por eso llorás, aunque por otro lado el llanto hace que la historia sea más realista y así capaz te creen, así que te conviene.
Aunque la verdad es que te quedaste colgada leyendo un libro en el tren y te pasaste de estación. Es domingo, así que tuviste que esperar media hora antes que pase otro de vuelta. Capaz habrías hecho más rápido caminando, total las estaciones acá no están tan lejos como en la línea Roca o en el Mitre. En veinte minutos estabas si caminabas rápido y cortabas camino. Pero te agarró el cagazo. Es re tarde y por este lado está la villa. No te culpo, hiciste bien. Hay que ser precavidas.
Tu hermano te dijo que lleves sidra, que nos gusta tomar eso, pero vos trajiste vino, porque es lo que había en la cocina y no tenés un mango para comprar nada. Encima es el vino trucho que hizo tu vieja. Lo preparó con las uvas chinche que le dio la vecina loca de al lado. Bah… “vino” es una palabra que le queda grande, era jugo de uva pero se fermentó. Capaz ahora ya sea vinagre. Habrías llevado las uvas mejor, estaban muy dulces. Un poco empalagosas pero muy ricas.
La casa de Pablito es oscura. Tiene todas las persianas cerradas y las cortinas corridas, aunque es de noche vos sabés que nunca las abre. En una esquina hay una planta de interior marchita y con la tierra reseca. Los muebles son viejos, seguro que los dejó la abuela en la casa cuando la internaron en el geriátrico y Pablo, que es un vago de mierda, ni se molestó en sacar las cosas. Seguro que si abrís uno de esos cajones van a estar llenos de bombachas de vieja, enormes y amarillentas. Con manchas de pis y caca.

─ Te estabamos esperando. La noche está inquieta y los espíritus también – dice el pelotudo de Pablo. Cada vez me lo banco menos a ese forro. Ojalá dejaras de juntarte con estos perdedores y arrastrarme a tus juntadas.

Vos le pedís disculpas y tu cuerpo se reduce como esa planta marchita de la esquina. Sos tan sumisa a veces. ¡Tenés que imponerte un poco más, che!
El chabón te guía hasta el dormitorio de la abuela donde esperan tu hermano y otra gente que no conocés. Amigos de él. Seguro que igual de pelotudos. A Pablo lo conocés de hace bastante. Estudió con tu hermano en el conservatorio y se hicieron muy amigos. Los dos re putos. Y los putos son así, se decantan hacia el fondo y terminan haciendo sus grupitos alternativos que se hacen los interesantes pero son más huecos que los pakis que denigran constantemente. Son la misma mierda. Vos te sumaste porque sos una introvertida que vive parasitando la vida social de tu hermano.
Después de los saludos de rigor sacás el vino de la mochila y se lo das a tu hermano, pero él te dice que lo pongas en el altar y te señala el aparador que está al pie de la cama. Es uno de esos muebles de tocador con un espejo grande donde las viejas guardan perfumes y tienen cajones llenas de fotos de sus propios abuelos, todas amarillentas y llenas de manchas. Acá en medio de los perfumes hay estatuillas de yeso y cera, que representan espíritus, dioses y demonios. También hay algunas velas rojas y negras y ofrendas en tarros baratos de plástico, de esos que se compran por docena en Colombraro.

─ Bueno, ya arrancamos bastante atrasados – que voz espantosa tiene Pablo, aguda y ronca al mismo tiempo. Vos también la odias, es como el ruido que hacen las uñas en un pizarrón. – Así que no perdamos más tiempo, acérquense – Dice con un aplausito patético.

Se sientan todos alrededor del altar, sobre el borde de la cama. Vos no tenés lugar así que te arrodillás a un costado cerca de la ventana cerrada. Pablo sale un segundo y cuando vuelve a entrar tiene la cabeza cubierta con un pañuelo de vieja… Un chal o algo así. Ni idea. Seguro lo dejó la abuela. Es muy de ella. Hasta de piba los usaba.
Entonces empieza a decir algo en portugués (capaz) y a dar vueltas alrededor de sí mismo. ¡Qué pelotudo que es!

─ Pablo nunca aprendió brasileño – le dice tu hermano a un chico que parece de 15 años.

Para él también es su primera vez y te das cuenta que está un poco asustado… Brasileño… a veces me gustaría que lo pise un tren a tu hermano.

─ Solo puede hablar así cuando lo poseen los espíritus – Le aclara.

El pibe asiente pero te das cuenta que no entiende nada. Capaz está drogado. Casi seguro.
De pronto Pablo se detiene en sus vueltas y se te queda mirando. Empieza a reír y gritar cosas raras en otro intento patético de imitar el portugués.

─ ¡Es la Rainha da Calunga! – grita la mina esa… ¿Cómo se llama? ¿Raquel? Tiene un nombre judío, eso seguro.

─ ¡La Rainha! – Repite el rebaño al unísono. Y vos también. Qué vergüenza me das.

Pablo agarra una de las sidras que trajeron y se manda un trago largo y profundo que vacía media botella. A través de la tela no se le ven los ojos, pero tiene los labios inyectados en sangre, como si se los hubiera pintado cuando fue al baño. Capaz hizo eso, pensás, y te reís un poquito para adentro.
Pablo poseído por la “rainha” empieza a cantar y los demás la siguen. Algunos se ponen como en trance, con los ojos en blanco. Vos los mirás desde tu esquina pero sin involucrarte. El chico de 15 también parece afuera de la experiencia, pero está atrapado en medio de los demás. Entonces tu hermano, que se retuerce como una lombriz con la música al pie de la cama, se levanta y te mira. Agarra la botella de vino que le diste y te la tira. Si no fuera de un vidrio tan grueso se te habría roto encima y ahora estarías medio bañada en vidrios rotos, vino y sangre. Pero igual te pegó fuerte en medio del pecho. Te doblás por el dolor hacia adelante, con la cabeza entre las rodillas. Va a haber un moretón ahí.

─ ¡Tomá boluda, no me hagas quedar mal!

En cuanto te podés incorporar destapás la botella. El olor es muy fuerte, se avinagró nomás.

¡Dale, tomá! – Te grita el muy forro.

¿Nunca te cansás de que sean tan mierda con vos nena? Dale, tomá. Tranquila que no pasa nada. Va a tener gusto a vino si pensás que es vino. Lo importante es que actúe como un conducto para dejar que pasemos los espíritus. Es un elemento del ritual nomás. Das un sorbo chico pero ya no tiene gusto a vinagre o vino. En tu boca sabe a jugo de uva, fresco y dulce. Un deleite. Vos cerrá los ojos y hacete a un lado. Te vas atrás mío y me dejás el volante por un rato. Dale, dejame conducir a mi este autito, que llevo mucho tiempo esperando y unas ganas terribles de descargar toda la mierda que llevo adentro.

La chica de blanco cae en la habitación. La veo desde acá atrás, como se me aparece a veces en sueños. Empieza a gritar algo que al principio no entiendo. Mi hermano pone una mueca rara, creo que no esperaba que yo pudiera incorporar a los espíritus como hace Pablo. Aunque esto se siente diferente. Todos se dan cuenta. Mi boca sigue repitiendo eso que no entiendo, como si se estuviera acostumbrando a mis labios y cuerdas vocales. Todos se ven muy asustados. Después me doy cuenta que dice: “Estoy viva” y se desata como una tormenta en la habitación cerrada.

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