Cuento: Sensorial

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Algo se cae y hace un ruido horrible. Son gritos. Son uñas en una pizarra. Es el llanto de un bebé. Hacía tiempo que no los escuchaba, que no los veía. Esa pareja de viejos que siempre me seguían cuando era chico. Están a dos cuadras, me llaman, agachados como si yo todavía tuviera un metro cuarenta de altura. Cuando me decían “el enano”. Me saludan con una mano cada uno y una sonrisa demasiado grande que les estira toda la cara, de oreja a oreja. No debería poder verlos con tanta claridad a esa distancia. No debería poder distinguir cada una de sus arrugas. Detrás mío escucho sus voces.

¿Estás triste? Vení con nosotros. Tenemos algo para vos. Vení.

Me agacho y hago como que me ato las zapatillas. Cierro los ojos y respiro profundo. Tengo que calmarme. No puedo dejar que se den cuenta. Me tiemblan las manos. Abro los ojos pero todo sigue negro. No hay piso debajo. No hay abajo. Siento que una fuerza me empuja. Mi cuerpo pierde su forma. Me derramo. Muy a lo lejos, en otra galaxia, escucho una canción apagada, es como la voz de un ahorcado, o el susurro de una ola.

mirá… qué haces… en el piso… cuidado…

Me apoyo contra el suelo antes de caer. A mi alrededor la gente sigue su camino, pero veo un tipo que se aleja y me mira de reojo mientras masculla algo que no llego a escuchar.

– Tenía los cordones desatados – le grito al tipo pero ya está demasiado lejos. Una mujer se da vuelta y le dice algo a otra que se ríe y ambas se pierden en la multitud.

Sabés lo que piensan de vos.

Como puedo me pongo de pie, me sacudo el polvo de los pantalones y me río como un tonto. Me tropecé, no pasa nada. Estaba mareado y me quise sentar. Me ataba los cordones de las zapatillas y alguien me empujó. Se me cayeron 100 pesos ¿Cómo no me iba a agachar a levantarlos? ¡Qué despistado!

No engañás a nadie.

Me voy, corro hasta la fuente que está enfrente, en la placita. Dejo el portafolios a un costado y miro al cielo. Es celeste, no negro. Es de día. Ya no tengo ocho años. Ya no pasa. No volvió a pasar. No va a pasar. Nunca más…

Pero está pasando.

Ringgggggg…. Ringggggg…. Ringggggg….

– ¿Estás bien? Tenés la cara blanca.

Es un chico que conozco de vista de la oficina. A veces nos cruzamos en el camino. Debe vivir por acá también o capaz su parada de colectivo está cerca. Nunca habíamos hablado antes.

–  Sí, no pasa nada. Me bajó la presión nomás.

En aquel entonces esto me pasaba todo el tiempo. Las parejas de viejos eran lo que más me asustaba. Pero también estaban las voces que me hablaban al oído, y al dar vuelta no había nadie. Las luces. El timbre del teléfono que no paraba de sonar, incluso en las sierras, cuando mamá nos llevó de vacaciones a Córdoba. En medio de la nada.

Ese teléfono…

Nunca se lo dije a nadie, porque sabía lo que iba a pasar. Mamá me contó que mientras papá estudiaba el ingreso a abogacía le agarró una depresión muy fuerte y lo llevaron a uno de esos lugares donde tratan a la gente triste. Así le decía ella porque no quería asustarme. Vos no tenés por qué estar triste, me decía. A papá le dieron electricidad en la cabeza para que se olvide de todo eso que lo ponía tan triste.

Yo no estaba triste, pero tenía miedo. Siempre. No solo de las cosas que veía y oía. También de que alguien se diera cuenta y me llevaran ahí. Donde papá.

– ¿Querés que te traiga algo? Puedo ir al kiosco de enfrente y comprarte un alfajor o un jugo.

– No te preocupes, ya me siento mejor. Andá tranquilo, en serio.

Ringgggggg…. Ringggggg…. Ringggggg….

Los eventos no duraron mucho. Empezaron con la enfermedad de papá y terminaron poco después de que murió. Aunque no fue algo automático. Se hicieron cada vez más raros y débiles. Las imágenes fueron las primeras en desaparecer. Desde que vi a ese chico con cara de grillo a la vuelta de casa cuando tenía diez años, no había vuelto a ver nada. La última voz que escuché fue mientras cursaba la facultad, hace mucho tiempo ya. Lo reconocí enseguida, era la voz de un amigo que había muerto el año anterior y me pedía que lo acompañe, que me tenía que mostrar algo. Fue después de que había estado sin dormir durante tres días por un final. Lo ignoré y desapareció sin repetir su invitación.

Traté de advertirte, pero no me escuchaste.

– ¿¡Por qué no desaparecés!?

– Flaco, todo bien, trataba de ayudar nada más, no te pongas así.

– No, disculpá, no era con…

¿Qué le digo? ¿Que hablaba con alguien que lleva más de diez años muerto? ¿Que estoy triste y necesito que me den electricidad? Se me queda mirando y veo esa misma expresión que siempre temo. Sí, estoy triste.

Ringgggggg…. Ringggggg…. Ringggggg….

Atrás del chico están los viejos. Nunca los ví tan de cerca. Su piel no es piel. ¿Qué es? ¿Plástico? Él es lo único que me separa de ellos.

– Pará, no te vayas, no me siento bien, creo que deliro.

La vieja enrosca un brazo alrededor de la pierna del chico y el viejo se desliza del otro lado y saca una lengua gris brillante del hueco de su boca.

El chico se pone tieso como una tabla y mira hacia todos lados. Reconozco ese brillo en sus ojos. Mira hacia el horizonte y trata de captar algo, como el perro que no entiende que el sonido del ladrido en el televisor no es de un perro de verdad.

Ringgggggg…. Ringggggg…. Ringggggg….

– ¿Escuchaste eso?


Nota del autor: este cuento se editará, en un futuro próximo, en una antología de los talleres de escritura de editorial Maten al Mensajero.

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