Cuento: Chill October 1870

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         John Everett Millais fue un artista británico del siglo XIX y uno de los miembros fundadores de la Hermandad Prerrafaelita. Si bien es más conocido por sus retratos de personajes clásicos como Ophelia y Juana de Arco, sus paisajes siempre han sido especiales para mí. Hay algo en la forma en que Millais retrataba la naturaleza, en sus arboledas oscuras y en sus matas de vegetación, salvajes y aun así en un extraño orden, que siempre me ha fascinado.

         Los pasajes de Escocia eran sus favoritos. Una vez leí en un libro sobre su trabajo, un comentario que hizo al respecto: “Hay más significado y sentimiento en un día de otoño escocés que en una primavera y verano completos en Italia”.

         Al ver sus cuadros uno puede intuir aquello a lo que Millais se refiere. Es algo que va más allá de las palabras, una sensación indefinible que recorre las sombras detrás de sus árboles y se esconde debajo de las calmas aguas que rodean sus valles.

         Mi hermano mayor fue estudiante de artes en la Universidad Nacional y crecí rodeado de sus libros. Desde muy chico siempre me llamaron la atención esas imágenes de lugares lejanos. Por alguna razón para mí una pintura era más real que la fotografía más nítida y los cuadros de Millais los más verdaderos entre todos ellos.

         Chill October era mi cuadro favorito. Sus cielos nublados. La forma en que la luz se filtra entre las ramas. A lo lejos, las montañas bajas de tonos azulados. Casi puedo escuchar a los pájaros que vuelan inquietos buscando refugio cuando se levanta el viento que sacude las ramas. ¿Qué habrá escuchado Millais mientras lo pintaba?

         Una vez mientras aún estaba estudiando biología, hicimos una salida de campo a Luján. Atravesamos varios caminos de tierra hasta un arroyo alejado y agreste. Recuerdo haberme emocionado ante esa imagen, casi como si la conociera. Esa fue la primera vez que sentí a Chill October tratando de penetrar la realidad. De pronto el día primaveral se tornó plomizo y se levantó un viento furioso que agitó con fuerza las copas de los árboles. Los pájaros surgieron de la nada y empezaron a volar en extraños círculos sin emitir sonido alguno. Ante el peligro de una tormenta sorpresiva subimos a la carrera al micro que nos había llevado hasta allí y partimos hacia la ciudad. Al llegar, el clima había mejorado y el cielo había recuperado su color azul, pero aún recuerdo la última imagen que vi del valle, desde la oscuridad de la ventana trasera del vehículo.

— ¿Qué montañas son esas en el horizonte? — pregunté a la profesora.

“Deben ser nubes bajas nada más” creo que me dijo, desechando cualquier duda posible. En esa parte de la provincia no hay sierras.

         Desde aquel día siento como Chill October me llama desde cada rincón de la naturaleza. Al principio empecé a perseguirlo, me forcé a pasar en mi camino por plazas y parques. Comencé a planear mis fines de semana para dar una vuelta por San Isidro o tomar el tren a Lobos y pasar toda la tarde recorriendo la laguna. Al poner un pie en uno de estos lugares ya sentía caer la temperatura, aún en los días más calurosos del verano, y el viento silencioso comenzaba a sacudir las copas de los árboles.

         Pero una tarde, mientras descansaba bajo la sombra de un ciprés, me sentí arrastrado por la pintura, de una forma diferente, salvaje. En lugar de filtrarse en mi realidad, me atravesó con la brutalidad de un rayo. Había viajado a Tigre, a visitar a un amigo en su casa en el Delta. El plan era pasar el fin de semana allí y descansar un poco alejado de la ciudad. Tenía muchos deseos de pasar esos días de verano en un lugar tranquilo. De disfrutar del sol y el cielo azul. Del calor y el canto de los grillos. La irrupción de la pintura fue tan sorpresiva como demencial. La tela de la realidad se rasgó en un instante, como si el mundo conocido fuera la pintura, una mera tela frágil y muy fina y detrás… el cielo de Chill October nunca se había visto tan oscuro. Tan hermoso. Tan hambriento.

         Como pude, me encerré en la casa de mi amigo y evité salir fingiendo un súbito ataque de insolación. Al partir al día siguiente la isla se había cubierto de altos pastos amarillentos repletos de unas espigas punzantes que no forman parte de la flora local. Mientras atravesaba el camino hasta el muelle, sentí las briznas de vegetación enroscarse entre mis piernas, tratando de arrastrarme fuera del sendero.

         No recuerdo cómo fue que volví a la ciudad. Esos fragmentos de memoria se han vuelto nebulosos como los cielos grises que una vez amé. Desde aquel día evito por todo motivo acercarme a cualquier ambiente natural. Incluso el jardín más pequeño evoca esas imágenes, que se han vuelto agresivas hacia mi persona. Y lo peor de todo es que aún deseo sumergirme en ellas. En mis sueños camino en esos campos escoceses hacia la arboleda oscura y veo la figura de un hombre que me da la espalda. En tranquila observación me acerco hacia él, pero al voltearse su rostro se encuentra devorado por las sombras.

         Es hora de enfrentar mis miedos y romper el hechizo que la pintura ha lanzado sobre mi mente desde hace años. Esta mañana compré un pasaje aéreo a Escocia. Pienso buscar ese paisaje. El real. Donde Millais retrató la melancolía perfecta en sus tonos grises, verdosos y amarillentos. Tengo la esperanza de que al estar de cara frente a aquello podré olvidar todo este asunto. Dejo esta carta sobre mi escritorio, pero en cuanto vuelva aquí le prenderé fuego. Será mi forma de darlo por terminado. De descansar por fin de años de tormento. Si pudiera me haría con la pintura original y también le prendería fuego. Anoche volví a soñar con el hombre en sombras. Creo reconocer a Millais en sus facciones oscuras. ¿Es que acaso él también fue devorado por su creación? Ya es hora de partir. Pero tengo miedo. En caso de no volver, no me busquen. Tal vez todo esto sea una trampa. Quién sabe cuántos antes que yo han sido guiados hacia su abrazo. Pero ya es tarde para cambiar de idea. Debo partir.

Buenos Aires, 3 de agosto 1979

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