Cuento: Un brillo cegador

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Hace frío, más del que recuerdo en toda mi vida, aún luego de tantos años desde este día. Mi corazón está helado. Papá carga mis cosas en el auto, es la primera vez que me separo de mamá y de mis hermanas, pero papá dice que es una tradición familiar, que los hombres de la familia se tienen que reunir en la cabaña del bosque durante los inviernos y que ya tengo edad para acompañarlo. Soy muy chico y no entiendo nada. No quiero que me separen de mamá, pero papá no da el brazo a torcer. Me abrazo a mamá y apoyo la cabeza contra su abdomen. Me aprieto fuerte y siento como me fundo con su cuerpo. Se siente cálido y seguro. Papá me agarra del hombro con una mano dura que parece de piedra y me arrastra hasta el auto. Me dice que no llore, que ya soy un hombre. Pero no me siento un hombre. Nunca me sentí un hombre, ni entonces ni ahora. ¿Qué es ser un hombre? Quiero quedarme con mamá y con Clara y Ana. Quiero pasar el invierno con ellas junto al hogar y jugar a las escondidas en la casa. Pero papá no me escucha. Me sube al auto y arranca hacia la ruta.

Puedo ver a mamá desde la ventana de atrás del auto. Ella se queda ahí parada afuera de la casa saludando. Aprieta un puño contra el pecho como si le doliera el corazón. Es la primera vez que la veo llorar y yo la sigo. Papá me dice que no sea marica y que los varones no lloran. Que me siente derecho y que no haga barullo. Pone música durante todo el viaje. Le encanta la música clásica. El barroco. Siempre pone esa música en la casa, especialmente Bach. Desde este viaje odio a Bach. Escucharlo hace que se me erice el pelo de la nuca y se me hiele la sangre. Casi tan frío como en el auto. Puedo ver mi aliento. Me abrazo a mi mismo por debajo del pullover que me tejió mamá. Se siente como ella y por un segundo no estoy tan solo. Por las ventanas el paisaje del pueblo va mutando. Pasamos de las calles tranquilas pero urbanas a caminos rurales. Hay cada vez menos casas y más campo. El sol se va moviendo en el cielo jugando con las nubes al ritmo de los contrapuntos de ese maldito alemán y con el paso del tiempo el trayecto se vuelve confuso. Los árboles se funden en pinceladas de verde y los campos se desintegran.

En algún momento me quedo dormido. Veo a mamá. Sigue llorando parada en la puerta de la casa. Sus pies echaron raíces y su mano se fundió con su pecho. Puedo ver los dedos que se mueven debajo de la piel. Atrás de la puerta cerrada de la casa tienen que estar mis hermanas. Quiero llamarlas para que me ayuden a sacar a mamá de la tierra pero la puerta no se abre. Me agacho para espiar por la cerradura y veo un par de ojos que me devuelven la mirada. Ojos gatunos, verdes y dorados. Atrás Bach sigue con sus violines y clavicordios.

Papá dice que no grite. Que ya llegamos. Es muy de noche. Afuera no se ve ninguna luz. Ni las estrellas. Él dice que está muy nublado y no hay ninguna ciudad cerca que ilumine las nubes, entonces no se ve nada. Me hace bajar y cargar la valija con mis cosas. No es mucho, pero pesa. El camino hasta la cabaña es largo, y se siente más para un nene de mi edad. Después de pasar por una loma se ve a lo lejos una luz. Es la cabaña. Los tíos y mis primos ya deben estar ahí me dice él. Somos los últimos en llegar. Santiago y Diego están afuera fumando. Son adolescentes. Los hijos de mi tío Alberto. Diego apenas tiene tres años más que yo, pero ya pasó por este trance. Cuando me ven llegar se dicen algo entre ellos que no escucho y se ríen, pero por abajo. No es una risa abierta. No es una risa que te hace sentir bienvenido. Es como ríen las hienas. Papá los saluda con un apretón de manos y me arrastra hasta dentro de la cabaña. Desde la puerta veo como Diego aspira una larga bocanada de humo de su cigarrillo y me quedo mirando para atrás, tratando de ver cuando suelta el humo, pero no llego a verlo. Adentro hace tanto frío como afuera. Y es igual de acogedor que el bosque. La cabaña es chica. Tiene solo dos habitaciones. Una es una mezcla de cocina, comedor y sala de estar. Mis dos tíos están ahí jugando a las cartas. Mi otro primo, Fabián está en la habitación, acostado, Es un cuarto chico aunque el espacio está bien utilizado. Tiene seis camas en tres cuchetas estilo marinero y un mueble grande en el espacio que queda libre junto a la puerta donde los demás tiraron dentro sus bolsos. Como somos siete papá me dice que él va a dormir en el sofá. No me gusta la idea de pasar la noche con los tíos y los primos, pero papá pone esa cara que odio y no me deja opción. Incluso Fabián que tiene mi edad pero parece más grande es odioso conmigo. Cuando entro al dormitorio me dice algo por lo bajo que no llego a entender y se ríe arrastrando el sonido entre los dientes como una serpiente. Agarro la cucheta de abajo, que está más cerca de la puerta y lejos de él. Es muy tarde pero no quiero comer nada y papá no me ofrece comida, así que me meto entre las frazadas y trato de dormir.

Mi sueño resulta corto, de esos que cuando te despertás ya es de día y no entendés a dónde se fueron las horas. El ruido me despierta en algún momento de la noche. Abro los ojos pero no veo nada. No hay luz. Es un chirrido de madera y otro sonido raro que no reconozco. Vienen de arriba mío. ¿Quién está ahí arriba? ¿Diego? ¿Santiago? ¿Uno de los tíos? Trato de abrir más los ojos como si eso hiciera que las imágenes fueran a aparecer como por arte de magia, pero sigo sin ver nada. Algo capta mi atención a un costado. Es un destello pequeño pero es luz. Salgo de la cama y cuando doy un paso afuera el ruido para. Me quedo paralizado, esperando escuchar una voz, pero nada. Después de un rato vuelve a reanudarse y me muevo despacio, implorando a la madera del piso que me haga el favor de no crujir. Me acerco a la puerta y a la cerradura que es la fuente de la luz que llamó mi atención. Me agacho y miro. Ahí en la cocina/comedor/sala de estar están mis tres primos. Están sentados en el piso, en una formación de triángulo, agarrados de las manos con los ojos cerrados. Atrás mío el ruido se hace más fuerte y me doy cuenta que no viene solo de arriba de mi cama, también se escucha en la otra esquina del dormitorio. Atrás de mis primos veo algo sobre el sofá. Es mi papá y mis dos tíos que están tirados como muñecos uno al lado del otro, sin ropa. El ruido se hace más fuerte y empieza a bajar. Me alejo de la puerta tapándome la boca con las manos para que no se escuche mi respiración. Me escabullo entre el mueble grande y la cama y me quedo ahí escondido, hasta que escucho que se abre la puerta. Cierro fuerte los ojos porque tengo miedo que los vean, como si tuvieran luz propia. Escucho pasos en el dormitorio y después la puerta que se cierra. Me quedo ahí escondido hasta que se hace de día.

Cuando sale el sol está nevando. Papá me lleva a dar un paseo por el bosque, está de muy buen humor. Me dice que tendría que haberme sumado al grupo y que esta noche no tengo excusas. Me cuenta que la pasaron muy bien con los tíos y los primos contando historias y esas cosas que hacen los hombres. La nieve es muy blanca y cuando el sol brilla entre las nubes se vuelve cegadora. No se puede ver el piso.

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