Cuento: Atrás del colegio

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         Hace mucho calor, ese calor de verdad que se empieza a sentir a principios de diciembre y no se va hasta después que vuelven a empezar las clases otra vez. Estoy esperando a mamá en la salida del colegio. Nos dijo a mí y a mi hermano mayor (el burro por delante, me repito pero siempre me pongo adelante de todo igual) que la teníamos que esperar hoy, que no podíamos volver solos. Sebas está sentado en el banco de la heladería que está en frente de la escuela. Se que le va a pedir un helado a mamá, pero hace rato que estamos “cortos” como dice ella y no podemos darnos “esos gustos”. Meto la mano en el bolsillo y saco una montaña de billetes arrugados. Estuve juntando muchos vueltos, debo tener como 50 mil australes. Mamá siempre me dice que no tengo que juntarlos porque después no valen nada, pero que se yo de esas cosas.

         La mayoría de los chicos ya se fue, los padres de casi todos vinieron a buscarlos rápido hoy, algunos antes de que termine el horario. Pero mamá recién debe estar saliendo del trabajo. Solo quedamos nosotros dos. Estacionado en la esquina de la heladería hay un auto, que se nota es caro. Tiene uno de esos adornos tan lindos en la trompa, parece una estrella adentro de un círculo. No se porque me llaman tanto la atención esas cosas brillantes y lindas. Primero coleccioné estampillas, después envoltorios de alfajores, el de Dieguito Maradona me costó muchísimo conseguir, porque el paquete es muy malo y se rompe muy fácil cuando lo abrís. También junté atados de cigarrillos, figuritas del Chavo del 8 y muchas otras cosas que después tiro en un cajón y me olvido. Pero ahora me interesan estas cosas.

         Me apoyo en el adorno como quien no hace nada malo y siento como la unión con el auto se dobla. Sale muy fácil. Cuando se quiebra se escucha como si fuera un tiro a la distancia y me preocupo. Miro alrededor a ver si alguien se dio cuenta, pero no hay nadie viéndome, no hay nadie en la calle, solo Sebas y yo, así que agarro rápido el adorno y me lo meto en el bolsillo. Mamá dice que no hay que robar, pero ese es un auto muy caro, ¿para qué necesita el dueño un adorno que no debe valer nada? ¿Es robar si te llevás algo que no cuesta nada? Una vez Analía, esa nena rubia con dos colitas y fea como una lagartija trajo a clase una pelota mágica que rebotaba super fuerte. Nunca había visto algo así. No se de que goma estaba hecha la pelota pero ella la tiraba al piso sin mucha fuerza y la pelota rebotaba y rebotaba sin parar. Cuando todos salieron al recreo me quedé un rato más y la saqué del bolsillo de atrás de su mochila. Jugué con esa pelota toda la semana, le puse de nombre: Boingui Ball, y Analía nunca preguntó por mi pelota, ni la vi llorar ni nada al otro día. Creo que ni se dio cuenta que le faltaba. Entonces está bien.

         Me siento al lado de Sebas en la heladería y me pongo a contar la plata que tengo, me alcanza para comprar un vaso mediano. Voy a pedir mis gustos favoritos, limón y dulce de leche. Antes también me gustaba mucho el chocolate, pero comí tanto que me agarró una enfermedad del hígado y ahora ya no lo puedo ni probar. Justo cuando estoy pensando en el helado llega mamá, parece muy apurada.

– Vamos para casa – dice casi sin voz. Parece que vino corriendo.

– Pero quería comprarme un helado. Tengo la plata y todo. Mirá.

Le muestro los billetes entre las manos sudadas y veo que me quedó marcada en rojo la forma del adorno del auto. Escondo rápido las manos para que no se dé cuenta.

– Bueno, está bien, pedí tu helado y nos vamos, no me quiero quedar acá mucho tiempo, estamos muy cerca del colegio.

– Claro que estamos cerca – dice Sebas riéndose – Recién salimos. ¿Me comprás uno a mi también?

Mamá le dice que sí, y no me molesta porque se que le va a comprar un vaso chico, porque Sebas nunca ahorra y no entiende la importancia de juntar plata para comprarse sus cosas. Y se que a mamá le importa mucho eso. Siempre dice que no tenemos que andar desperdiciando la plata. Además no estamos para darnos “esos gustos”. Así que pido mi helado y el heladero me dá el vaso mediano que le pedí, pero antes de que lo pueda empezar a comer lo escucho a Sebas.

– ¡Quiero un cuarto! – Le dice al heladero. Y espero a que mamá lo agarre del brazo y lo tironee y le grite que la plata no se tiene que desperdiciar y que es importante…

– Acá tiene – le dice mamá al heladero y le da un montón de plata.

No es justo.

         No puedo ni lamer mi helado, lo miro y me dan ganas de llorar. ¿Por qué mamá? Yo gasté la plata que tanto me costó juntar de todos los vueltos de los mandados en este helado de mierda y vos vas y le comprás a Sebastián un cuarto.

Salgo a la vereda y tiro el helado en el tacho de basura. Mamá me ve y se me viene encima. Que qué hice, que es un desperdicio, que no entiendo el valor de la plata, que nos tenemos que ir rápido porque las cosas pueden explotar, que estamos muy cerca del colegio y que no puede estar preocupandose por mis berrinches.

– ¡Vos sos la que no entiende nada! – le grito y salgo corriendo. Cuando giro al otro lado de la heladería lo veo a Sebastián comiendo su helado. Gordo y satisfecho en el banco.

         No se como pero pierdo de vista a mamá, agarro el pasillo finito que hay al costado de la escuela y me meto por una calle cerrada, creo que eso la despistó. Aparte mamá no corre rápido, siempre se queja de que le duelen mucho las piernas.

         Ciudad Jardín es como un laberinto, y una de las cosas que más me gusta es caminar en esas calles cuando no tengo clases y perderme y salir por cualquier lado. Pero ahora no es tan divertido. Me quedo un rato en la calle cerrada, sentado en la vereda detrás de un árbol, esperando que mamá se preocupe y piense en lo que hizo. Quiero que cuando me vea me abrace y me pida perdón y me compre el cuarto de helado a mi también. No. Un kilo entero. Todo para mi. Meto la mano en el bolsillo del guardapolvo y siento el adorno del auto. Está muy fresco por haber estado tanto tiempo guardado a la sombra. Se siente bien tenerlo en la mano. Es como uno de esos cosos mágicos de los libros y las películas de fantasía que te pueden proteger de todo. Me quedo ahí sentado, mientras siento que el metal se va calentando en mi mano y escucho el ruido de los bichos y creo que me duermo un poquito. No se cuanto. No mucho. El ruido de los tiros me despierta.

         Suenan como los petardos que metemos en los buzones y los agujeros de los árboles después de Navidad, cuando ya no hay tanto barullo por las cañitas voladoras y todo eso. En medio del silencio siempre se escuchan más fuerte. Me levanto curioso y salgo de la calle cerrada. Agarro una calle muy fea que se llama De Los Aromos. Todas las calles en Ciudad Jardín tienen nombres de plantas y el aromo es un árbol. También tienen nombres de aviadores, porque hay un aeropuerto militar cerca y una escuela militar también. Esta calle es horrible porque da a esa escuela y de un lado es solo una pared gris muy fea con unas torres de vigilancia, como en los castillos viejos de las películas. Pero feas. Cuando estoy pensando en eso se escucha otro tiro más cerca. Agarro fuerte el símbolo del auto en la mano y levanto el puño hacia el cielo. ¡Ven que soy uno de los buenos! ¡Este es mi escudo mágico!

         El sol le pega a la estrella de tres puntas adentro del círculo y rebota hasta la torre de vigilancia que está ahí nomás arriba mío. La luz ilumina el cañón del fusil que me apunta y después le da en la cara al milico que lo sostiene. Dispara una vez pero el adorno me protege. Porque es mágico. Me doy la vuelta y salgo corriendo sin mirar atrás. Estoy seguro que ese milico se quedó con la boca abierta cuando me vio usar la magia de mi adorno especial. Capaz está muerto. Por ahí el adorno le hizo explotar la cabeza como en esa película que vimos la otra noche con Sebas, cuando mamá ya estaba durmiendo. Escaners se llamaba o algo así. También era sobre gente con poderes.

         Me meto de nuevo por el pasillo al costado de la escuela y vuelvo para la heladería, a esta altura mamá ya debe estar muy arrepentida. ¡Ahí está!

– Mamá quiero que me… – pero no me deja terminar de pedir mi helado.

Me ve, viene corriendo y me da una cachetada muy fuerte. Es la primera vez que mamá me pega. No entiendo nada pero me pongo a llorar. Me agarra fuerte y me arrastra al fitito donde nos espera Sebastián, que ya se terminó su helado.

– Nunca vuelvas a hacer algo así – dice. Me tira atrás, cierra la puerta con un golpe, entra y arranca el auto.

         No le contesto nada. Estoy furioso y triste y me duele la cara. Me puedo ver en el espejo retrovisor y tengo el cachete todo colorado, del mismo color que la marca que me dejó el adorno en la mano. Lo miro y veo que tiene un un raspón muy grande en el centro que no me había dado cuenta. Seguro es donde le pegó el tiro del milico. Me quedo todo el viaje de vuelta pensando en lo que pasó. En la magia, los milicos, los tiros; en el revólver de papá que todavía está escondido en la parte de atrás de la chimenea, atrás de los ladrillos falsos. Papá decía que era por precaución, por si se repetía lo de los milicos. Y se está repitiendo. Eso quiere decir que podemos usarlo. Esta noche, cuando todos estén durmiendo, me voy a levantar como cuando bajamos con Sebas al living a ver películas de terror mientras mamá y papá duermen, pero en vez de eso… vamos a hacer un poco de magia. Aprieto fuerte mi amuleto y dejo de llorar.

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