Cuento: El Picnic de Kudzú

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Estoy en el parque, por la altura del sol creo que deben ser las once de la mañana. A la distancia el jardín de juegos abandonado parcialmente cubiertos por las enredaderas de Kudzú los hacen parecer monstruos verdes sin forma. Solo la calesita se asoma entre las ramas ofreciendo una visión burlona del pasado distante. Recuerdo las vueltas en la calesita, el mareo y las risas. ¿Cuándo fue la última vez que reímos?

Los sándwiches están muy buenos. Apenas si se nota el gusto de los conservantes. Ya no queda nada de comer que no provenga de latas y paquetes sellados de plástico, y el sabor suele ser siempre igual. Pero uno se acostumbra. Es eso o dejarse comer por el Kudzú. Realmente es una planta fascinante. Si tuviera otra vida la dedicaría a estudiarla. Cuando empezó a cubrirlo todo, cuando todavía había gente, Juan me dijo que la cosa aprendía, como un pulpo verde que encuentra formas de engañar a sus presas para atraerlas a sus redes.

Mientras nado en los recuerdos, veo que hay una chica caminando al otro lado del parque. Hacía años que no veía a nadie en esta parte de la ciudad devastada. Debe ser otra Deambulante. Es mejor esconderse y quedarse solo, esperar que los otros se alejen y tratar de sobrevivir tranquilo. Me escondo atrás del árbol contra el que armé mi picnic y saco otro paquete de plástico de la heladera portatil. Dentro hay un bocadillo de aceitunas, una suerte, son de los que mejor mantienen el sabor. La chica se acerca a los juegos, al Kudzú. ¿Está llorando? No. Su mirada es vacía como los deambulantes, solo otro fantasma del pasado buscando alimentarse de los sobrevivientes. Sus brazos cuelgan a los lados del cuerpo inertes, esperando una víctima para reanimarse. La deambulante tropieza con una de las ramas del Kudzú. En cuanto cae entre las hojas no le queda oportunidad. Las ramas se enredan en su cuerpo la devoran. Ella no opone resistencia, los deambulantes están acostumbrados a ser cazadores, no cazados. En cuestión de segundos no queda nada de ella.

Me quedo pensando un rato en esa chica. Los deambulantes siempre terminan en el Kudzú, es como si la planta los enviara a tragar para después comérselos con el estomago lleno. Se hace tarde, junto las cosas del picnic en el mantel, paquetes de plástico y pastas artificiales. Cuando lo cierro es como un gran bolso lleno de mentiras. Como esta salida, como el fingir que las cosas están bien y el cielo es de nuevo azul en vez de verde y la vida no es más que un rompecabezas en el que hay que ir juntando piezas para sobrevivir. Me pongo en camino hacia el refugio. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol o el lugar se llena de deambulantes. Llego a la entrada del parque y la veo. Está buscando algo en un negocio abandonado frente a la entrada, seguro que más latas de conservas. Es una chica joven, me recuerda a la otra, pero ella se ve más real, su cuerpo no tiene ese envaramiento rígido de andar penando como los deambulantes. Es la primera persona que veo en meses, desde que Juan se tropezó con la rama de Kudzú que creció dentro del refugio de la noche a la mañana. Me acerco a ella, sin hacer ruido. No quiero asustarla, pero el mantel viejo que llevo se desgarra y se me desparraman los paquetes y latas por el suelo. La chica se voltea rápida y nerviosa. Parece una gacela en la línea de tiro. Quiero gritarle que todo está bien, que soy como ella y que no tiene que preocuparse, pero hace tanto que no hablo con nadie. Tengo un nudo en la garganta que solo deja salir un ruido horrible que quiere ser palabras. La chica corre y yo la sigo. Tengo que alcanzarla y decirle que todo está bien, que no tiene que estar sola pasando la vida escapando de todos,  podemos ser dos contra todo. Pero ella escapa hacia el parque. Hacia el verdor del Kudzú. Corro acelerando el paso hasta sentir que mis pies tienen alas. No puedo dejar que ella caiga en las fauces de esa cosa. Pero antes de darme cuenta estamos rodeados por sus ramas. Las hojas preparadas para clavarse en nuestros cuerpos. Al final la chica se da vuelta y me sonríe o eso parece. Su cuerpo manejado por las delicadas ramas como una marioneta. A esta distancia me doy cuenta que es la misma deambulante que creí había sido devorada antes. Parece que Juan tenía razón. El Kudzú aprende nuevos trucos cada día.

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