Cuento: La planta nepente

Quiere escuchar recelo o decepción, pero en su voz solo hay

(Hay un cuarto vacío)

– Alicia, escuchame, ¡tenés apagar el aparato y salir de la casa!

– ¿Miedo?

(es un cuarto vacío)

El salón está sumido en penumbras titilantes, Alicia está sentada inmóvil en el sillón principal; el tubo del teléfono se desliza por su palma húmeda hasta caer al piso, donde se parte como una fruta madura.

AAAAAli ci AAAAA

Brota ahogada la voz del aparato moribundo

(AAAAAli ci AAAAA)

Repite la planta. Fruta podrida, piensa ella sin entender porque. Como fruta podrida.

El sonido del teléfono. El timbre perforando el aire y el ruido gris que lo llena todo.

Ruido de estática.

Estática y luz y sombras.

(hay un cuarto vacío)

Alicia aproxima la mano al tubo, pero se detiene al tocar el plástico, que no se siente como tal, sino como una carne correosa y pasada. No, no llevaré esa cosa a mi rostro, piensa, no importa lo que sea, acá estoy bien y no me va a llenar con sus mentiras

(Salí de la casa)

(Hay un cuarto vacío)

(VACÍO)

Un dolor punzante atraviesa su cabeza de sien a sien. Un alambre oxidado y retorcido enroscándose y estrujando en su cerebro, haciéndolo pulpa, mezclándose con el orín del oxido y su corrupción.

(…)

– Compremos un televisor

– No necesitamos esas cosas para ser felices

(…)

Luz, oscuridad, luz, oscuridad, luz, oscuridad…

Pequeñas hormigas negras y blancas danzando y devorándose; defecan pequeñas pulgas negras y blancas. Las pulgas saltan hacia fuera. Hacia la oscuridad de tu cuerpo.

(HAY UN…)

– ¡NO!

Silencio, luego más estática.

(…)

– Compremos un televisor.

– Parecés una niña, hacé lo que quieras.

(…)

Sonríe, pero detrás de la sonrisa hay oscuridad y nieve, que no es fría ni cálida. Nieve blanca y negra.

(HAY…)

– ¡No es un cuarto!

No hay, no está.

Busca el tubo, pero tampoco está. Ni roto ni indemne. La mesita del teléfono tampoco.

(Estás en un cuarto vacío)

Abre la boca para gritar, pero el destello le roba el sonido. El sentido. El sentir. Adiós Alicia, nos vemos pronto.

Despierta. Siente el cuerpo ligero. Muy suave. Como una pluma flotando en espuma. Mueve las manos sobre la espuma, que es seda. Se siente como seda. Afuera hay luz. Pero no quiere abrir los ojos. Adentro es un cuarto lleno de oscuridad. Afuera hay cosas. Cosas que saltan hacia uno y le arrastran a (otros cuartos) donde sea.

– ¿Estas despierta?

Abre los ojos. No los abre. Espera.

– Alicia, yo quería decirte…

– Shhh. No hablés. Está oscuro acá adentro y hay silencio.

– ¡Abrí los ojos, por favor!

Se abren, grandes como platillos de café, de color verde, un verde enfermo y confuso.

– Si hubiera sabido que iba a afectarte de esta forma nunca te habría dejado comprar esa cosa.

(Papi, Papi. Quiero ¡Quiero!)

– No soy una niña.

– Si, lo sos. Una niña grande.

Sonríe. Ella le devuelve la sonrisa.

– Te quiero – dice él.

– Te quiero- repite Alicia.

Se tiende hacia ella, para estar juntos, pero ella lo aparta antes, sin tocarlo.

– ¿Qué fue lo que me dijiste anoche?

– ¿Anoche?

– ¿No me llamaste anoche para decirme algo sobre…? No recuerdo bien. Algo sobre… ¿una planta?

Él se queda pensativo, con ese gesto que tanto le gustaba a ella antes y una expresión nueva, ladina. Una expresión encerrada entre el blanco y el negro.

Sabés lo que sucede ahora, lo sabés

(Hay un cuarto vacío)

(Un cuarto)

(VACÍO)

– Si no te despertás no dolerá – le dice él.

Tiende su mano hacia ella. Alicia le esquiva, pero la cosa que se parece a él le roza el talón con las yemas de los dedos y siente como se le duerme la carne. Punzadas de estática bajo la piel.

(ESTÁS EN EL CUARTO VACÍO)

Se agazapa sobre el colchón hasta la cabecera de la cama.

(…)

– Esos aparatos…

– ¿Que tenés en contra de un poco de diversión?

(…)

Él salta sobre la cama (no salta, sube, solo que levanta ambas piernas a la vez) y se acerca con las manos extendidas como un niño pequeño buscando en la oscuridad. Y ya no se parece a… (olvidaste su nombre ¿verdad Alicia?) a él. Su rostro es una amalgama de líneas y puntos.(y estática, no lo olvides, la estática está detrás de todo)

– ¿Cómo pudiste olvidar mi nombre? – le dice en un murmullo apenas audible bajo el ruido gris – No lo entendés, nunca lo vas a poder entender.

– ¿Por qué? ¿Soy demasiado estúpida?

(…)

Te acordás, lo que hablamos.

– Estas todo el día mirando ese aparato, tu planta

– No empieces con esas cosas otra vez

– Porque es así, como una nepente, una planta nepente

– ¿Una que?

(…)

– No lo recordás, te olvidaste mi nombre

– ¡No lo he olvidado!

Pero él ya no está. Alicia sola de nuevo, sentada sobre el sillón que lleva impresa su forma. El dolor de cabeza remite un poco. La casa es un desastre cubierto de polvo. Las cortinas cerradas no dejan pasar la luz. La única iluminación proviene de la pequeña planta de cuarenta pulgadas

(televisor, no planta)

– Es lo mismo le dice a la habitación vacía.

(al cuarto vacío, a la cámara de vacío)

– Es lo mismo – repite.

– Como una nepente, entrar es fácil, incluso agradable. Pero una vez dentro no podés salir

– ¡Como una nepente! – ríe ella

Se acuerda de ese documental que vio con su papá cuando era chica. Las plantas nepente son carnívoras, tienen una cámara donde atraen insectos con su aroma a muerte y luego cierran su tapa para digerirlos.

(una cámara, un cuarto)

Alicia se pone en pie, sintiendo las agujas de dolor que recorren sus músculos atrofiados

¡Apagá el aparato!

(no lo apagues, no podés)

Se acerca y posa la yema del índice marchito sobre el botón negro y lustroso

polvo, no tiene polvo

La pantalla limpia le devuelve su propia imagen, como un espejo mágico. Alicia mira a los ojos de Alicia, y juntas se apartan hasta el sillón, donde sus cuerpos cansados se desploman en sus moldes.

– No puedo apagarlo.

– No podés – contesta la Alicia del reflejo, la planta.

No se puede cortar una planta nepente desde adentro. Desde su cámara de vacío.

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