Cuento: En la colina

El perro de Nancy, nuestra vecina, se murió ayer. Estuvo enfermo bastante tiempo. Moquillo. No lo habían vacunado, pero Nancy es vieja y no creo que le preocupe la idea de la muerte. Otras personas, como mamá, se debaten interminablemente en la imposible misión de sostener la vida en un hilo. Pero aún ellos terminan aceptando lo inevitable.

Cuando yo era chico también teníamos una perra. Katy. Quisiera acordarme por qué le pusimos ese nombre. ¿Capaz por una actriz de cine como la Hepburn? Pasó hace mucho y ya no me acuerdo. Se murió de moquillo también.

Mamá la odiaba porque era una perra callejera y porque no me hacía cargo de ella. Nadie quería a la vieja Katy, era una perra chiquita, de pelo corto y negro, siempre apestoso. Tampoco era muy cariñosa, no le gustaba que la toquen. Cuando al final se murió nos alegramos, porque sin ella el césped volvería a ser verde y no habría más alfombras de pelo, ni pulgas en los sillones, ni parásitos y peste. La casa dejaría de estar patas arriba. Íbamos a vivir mejor.

Pero no fue así. Todo siguió igual después de Katy. Hoy el pasto sigue siendo gris y la casa un desastre.

Recuerdo como la perra se debatía mientras su cerebro se tornaba en un pudín hediondo, tambaleándose en el patio y parándose de pronto con un escalofrío que le recorría el cuerpo, con las orejas en alto, como si escuchara un llamado que nadie hizo. Fue entonces cuando dejamos de darle de comer, porque cuando nos acercabamos mostraba los dientes y te miraba con esos ojos opacos que ya estaban muertos. Pero en realidad le dejamos de dar comida porque queríamos que se muriera de una vez. Deseábamos que muriera pronto y ella nos dio el gusto la mañana de mi cumpleaños.

La encontramos tirada en ese montículo de tierra que daba a la pared del fondo, la que llamábamos “la colina”, donde antes mamá plantaba sus flores. Ya por entonces no era más que un baldío cubierto de vidrios rotos. Katy nunca subió a la colina sino hasta el fin de su vida, como si quisiera ser enterrada ahí. Pero en vez de eso tiramos su cuerpo a la basura en una bolsa de consorcio negra. Su cadáver sucio y lleno de pulgas. Después hicimos fumigar el patio y sacar la tierra de la colina. Mamá quería borrar todo recuerdo de la perra, de su cerebro licuado brotando de la oreja como una diarrea estúpida que confundió el camino de salida. No creo que haya guardado el recuerdo de Katy mucho tiempo, ella siempre se encargó de borrar las memorias negativas del pasado. Las altera como si cambiara un engranaje de metal oxidado por uno nuevo y reluciente. Manteniendo un retorcido equilibrio interior donde la muerte no tiene lugar. Esa tarde, mientras me hacía meter el cadáver en la bolsa, supervisaba todo con una sonrisa, el pelo suelto sobre los hombros como una marea parda viviente. Parecía una perversa Carmen Sandiego encargada de escapar al toque de la muerte. Esa tarde tenía una satisfacción en su mirada que me parecía perversa.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ya nadie nos visita, ni siquiera Nancy que fue, en otro tiempo, la mejor amiga de mamá. Ella ya no se parece a Carmen. Está muy débil desde que enfermó y su cabello ahora es blanco. Es hora de darle su medicina pero prefiero esperar un poco más. Desde hace semanas que la memoria le falla y se aleja como si quedara en blanco escuchando una voz sin dueño. A veces se olvida de pedir el almuerzo o la cena y yo no se lo llevo. Sinceramente no me importa. Desde hace un tiempo esta idea se ha apoderado de mi mente. Esta idea sobre mi madre. Involucra una gran bolsa de plástico negro y una pala.

Y la colina que ya no existe.

Y las flores.

Ella no volvió a plantar flores ahí, pero creo que es una buena idea hacerlo. Sería como poner en su lugar ese engranaje suelto que hace tiempo entorpece la máquina. Y tal vez así el pasto en el patio volverá a ser verde. Tal vez.

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