Cuento: Felicidad en sepia

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El tren se detiene en una estación sin nombre. Poco más que una plataforma de madera horadada por la termita, cuyo color desapareció tiempo atrás lavado por las lluvias y blanqueado por el sol. Él baja y el tren se aleja en instantes, despidiendo una nube de vapor asfixiante. No lleva equipaje. Viste camisa blanca de mangas largas y vaqueros. El bolsillo trasero abultado por un libro. La estación está en medio de un extenso campo de gramíneas agitadas por la fresca brisa de la mañana. Los primeros rayos de sol que se filtran entre la lejana arboleda dan a los cultivos un tono dorado. Muy cálido.

Si tuviera una hoz, piensa, sería un personaje salido de un cuadro de Van Gogh.

Trata de forzar una sonrisa, pero sus labios solo esbozan una mueca antinatural. De todas formas no es necesario fingir. Está solo. No recuerda la distancia al pueblo. No ha vuelto desde que era un niño. Solo sabe que es lejos. Lejos. Una palabra indefinida. ¿Estamos lejos? Una expresión infantil para un recuerdo infantil. Antes de tomar conciencia de ello, sus piernas lo alejan de la plataforma. El camino es suave como las dunas, arenoso y delineado por hierbas secas y dientes de león. Se voltea una única vez a tiempo para ver desaparecer el tren detrás de la arboleda que parece una sinuosa serpiente en busca del sol.

– Uróboros – susurra. Y vuelve la vista al camino, temeroso de tornarse en una estatua de sal.

Camina viendo su sombra aislarse en la agonizante oscuridad. Humanizándose. Se delinea como una flecha marcando el camino a seguir.

– Mientras camino en el valle de las sombras de la muerte no temeré – dice – Pero si, estoy solo.

Las gotas humedecen sus mejillas, pero sus ojos están secos. El cielo llora. Sus lágrimas son amargas. El firmamento se ve despejado. Solo una leve gasa blanquecina lo circunda. Aun así llueve, aunque solo dura unos segundos y la silueta de la sombra nunca pierde sustancia ni su significado.

¿Por qué vuelves? Musitan las gotas cristalinas golpeando su cuerpo.

¿Por qué regresar? Canturrea el viento entre los sembrados.

– Debo saberlo. Solo eso.

Lleva la mano al bolsillo trasero y saca el libro. Las tapas roídas y blanqueadas como la plataforma de la estación. Las páginas amarillas y húmedas. Lo abre en la primera página donde el color más ocre domina toda la superficie. Desliza suavemente la yema del índice sobre las grandes letras negras del título: LA LARGA MARCHA. La historia de un grupo de jóvenes que deben caminar hasta que solo uno queda con vida.

Es el único libro que ha leído más de una vez. Una y otra vez. Siempre lleva un ejemplar consigo y cuando el lomo cede y las hojas comienzan a perderse se hace de uno nuevo. Pero hay algo que nunca cambia. Desliza las páginas en abanico hacia un punto en el centro, donde el corazón del papel aún se mantiene blanco acechado por las sombras ocre del tiempo. La fotografía rasgada sirve como señalador. Ha estado allí desde el principio. Siempre inmersa entre las palabras. Siguiendo el camino de Garrity y los otros marchadores todo el trayecto por Maine y New Hampshire. Hasta el final.

Él está en la fotografía, aunque apenas puede reconocerse. Una gran sonrisa desborda su rostro. A diferencia de sus farsas, la sonrisa en la fotografía es real. Es la imagen de la felicidad. Solo que no puede recordar ese momento ni el sentimiento evocado en su rostro. Es él, pero es otra persona. El chico de la foto mira hacia fuera, abrazado a un niño un poco más alto. Su cabello es dorado como la miel a causa del envejecimiento del pigmento. Pero sabe que ese es su color. Aunque no pueda recordarlo. Es sepia. Ambos le observan con ojos chispeantes de vida y, como siempre que la observa, sabe que él ES la foto. Si pudiera verse a través de esos ojos infantiles se hallaría frente a un rostro ajado de mirada perdida y colores desvaídos. La vida esta en el papel. Allí se quedó el amor. Voltea el papel satinado y su índice recorre las hendiduras del escrito en la cara posterior. A diferencia de los títulos del libro estas son letras cursivas, estilizadas y poco firmes.

Los amigos, otoño de 19…
Esteban y…

¿La letra de su madre tal vez? Falta un nombre y una fecha, donde el papel se rasga.

– ¿Cuál es tu nombre? – pregunta al niño de mejillas alborotadas y ojos encendidos – ¿Te acordarás aún el mío, aunque te halla olvidado?

Guarda el libro, acomodándolo en el bolsillo. Ha caminado por largo rato y aunque el viaje en tren fue un descanso bien recibido, los primeros tirones musculares recorren sus piernas con la promesa de un calambre.

– Garrity, estarías decepcionado de mí.

Pero no se detiene. Sigue, acompañado de los marchantes; solo que todos lo anteceden. Solo puede ver sus espaldas alejándose. Admira a Garrity. Su pasión y humanidad. Está lleno de vida y el amor lo desborda ¿Por qué marcha si sabe que al final del camino espera la muerte? Nunca encuentra las respuestas en el libro. Sabe que solo se hallan en algún lugar de la naturaleza humana. En la parte esencial de la cual carece. Garrity es algo que nunca podrá alcanzar. Él es más como Stebbins, el que siempre va en la cola del grupo, esperando que los demás caigan; solo. Él es Esteban. Marcha buscando algo que le falta. Lo que nunca ha sentido pero añora. Lo que llaman amor, tal vez.

Sigue su camino y antes de darse cuenta, el sol se halla sobre su coronilla. La sombra es ahora un círculo de bordes irregulares cubriendo sus pies. Un foso. Un hueco donde derrumbarse en las profundidades del vacío. Pero sigue su marcha, sintiendo a cada paso como las agujas de dolor se entierran en los músculos exhaustos. Alcanza un conjunto de árboles que poco antes no eran más que cúmulos inciertos en el horizonte. Detrás de estos puede vislumbrar las primeras casas y en la lejanía el Pacífico. Poderoso y definitivo. El fin del mundo.

Vivíamos en una casa blanca, cerca de la playa, recuerda.

Su casa. Su cuarto. La cocina donde desayunaba tostadas con manteca y mermelada de ciruela en la mesada mientras la mujer de caligrafía poco firme escuchaba música en la radio y bebía licor. Lo recuerda todo en sepia. En los desvaídos tonos de las fotografías antiguas y los libros descuidados. Pero la casa de la foto no es la suya. Es de el chico de la foto. No lo recuerda, pero lo sabe. En algún sitio detrás del vacío de su interior lo sabe. El camino se torna ondulado. No más que un sendero entre las dunas fijas, en parte, por el césped descuidado y arbustos espinosos. Se adentra en el pueblo, cruzando calles sin nombre ni numeración. Todas las casas son blancas; antigua osamenta de una comunidad desaparecida. Portales y huecos de ventanas desnudas a medio enterrar en la arena. Ahora el sol se encuentra delante, alejándose hacia las aguas. La imagen de la serpiente devorando su cola rebota nuevamente en las capas externas de su conciencia antes de sumirse en la penumbra.

Uróboros.

El disco comienza a sumergirse tiñendo el paisaje de añil. El océano es dorado, delineado por oscuros ribetes de olas inciertas en su superficie. El firmamento es dorado, delineado por el rosado encaje de las nubes lejanas; repletas de portentos y poderes. La arena siempre ha sido dorada, pero el ocaso la dota del elemento onírico de la nostalgia.

La casa esta frente a él.

El límite de las olas se ve más cercano, pero es la casa de la fotografía, conoce cada grieta y ladrillo de esa fachada. El océano ha crecido, muchas lágrimas se han derramado desde entonces. Pero en la imagen nadie llora. Allí solo hay felicidad. Y la playa esta lejos. Lejos. Una palabra indeterminada. Infantil. La que usaría el niño de la foto. El niño sonriente. La casa es la única que no está cubierta por la arena. La puerta es la misma que delimita el borde rasgado, donde la fecha y el nombre del amigo han desaparecido.

Has vuelto al punto de partida Stebbins, se dice ¿Por qué marchaste entonces? ¿Y tu Garrity?

El sol tras la casa es una hendidura del rojo más puro. Fuego sagrado. El viento arrecia arremolinando su cabello. Pero es cálido, reconfortante. La puerta se entorna. Al otro lado está el niño.

– ¿Cuál es tu nombre? – se escucha decirle, como si su voz viniera de muy lejos, de otra persona – ¿Cómo te llamas?

Pero es el niño de la fotografía. Solo sonríe y se limita a ser feliz. Al otro lado de la puerta no hay nombres ni preguntas, solo la felicidad congelada del momento; rodeada del rojo velo del atardecer. Al cruzar el umbral termina la marcha. Es el fin del camino. Es el pasaporte. Su mano se afloja, dejando caer la fotografía sobre la arena. Allí los niños serán felices. Por siempre o hasta que las lágrimas desborden el océano, cubriendo su casa con dolor.

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