Cuento: Un lugar deshabitado

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Hace algunos años, tantos que me parecen pertenecientes a otra vida, nos reunimos Ángel, Lucas y yo en la casa de la abuela de Lucas; ella había muerto hacía muchos años y la casa se caía a pedazos por el descuido de la familia que se había olvidado de ese cuchitril.
La casa estaba compuesta por una pequeña cocina con un baño en la planta baja (ambos sin ventanas) y un dormitorio enclaustrado al que se llegaba por una escalera exterior. El dormitorio tenía un ventanal de tamaño considerable, pero que comunicaba directamente al patio de la loca del barrio, esa chica que en su juventud solía desnudarse y correr por las calles como llevada por el demonio. Por eso estaba siempre cerrada.
Además una puerta en el dormitorio daba a una terraza y un galponcito diminuto y oscuro, habitado por ratas e insectos amantes de las sombras y la humedad.
La reunión se planeó allí ya que los tres habíamos escuchado las repetidas historias que circulaban alrededor el juego, de los peligros de posesiones por parte de espíritus invocados en las viviendas donde se les convocaba. Pero esta casa estaba deshabitada, eso era muy importante, así que no importaba tanto tener precauciones.
Lucas tomó la llave de la casa en un descuido de su madre, y esa noche los tres nos escapamos para realizar la sesión.
El lugar ya era tenebroso durante el día, y en la noche parecía salido de una película de horror clase B, con todos los elementos más estereotipados.
Yo había llevado una de las copas de mi abuela, que había fallecido también hace años. No era gran cosa, solo vidrio de color, pero para mi era importante, como un nexo entre los tres. Ángel llevó una radio y aceite para facilitar el movimiento de la copa sobre la mesa y evitar que se volcara, ya que si lo hacía estabamos seguros que los espíritus refugiados en la prisión de vidrio nos perseguirán.
Los tres nos sentamos en una mesa improvisada, con las letras recortadas en cartulina la tarde anterior dispuestas en círculo alrededor de la copa. Colocamos los dedos índice sobre el pie invertido de vidrio y comenzamos. Ángel hizo las veces de medium, realizando sus llamados a los espíritus
– Invocamos a un ser de la luz- repetía con su voz marcada y bien modulada – espíritu de la luz ¿estás aquí?
Empezamos a mover la copa en círculos como habíamos visto se hacía en este tipo de sesiones, y la copa comenzó a deletrear. En el recinto la pequeña radio de Ángel comenzó a variar su dial, hasta llegar al ruido blanco de los límites del FM.
La copa solo deletreaba palabras sin ningún significado, letras inconexas que solo sirvieron para causar confusión en los tres.
Finalmente algo animado intenté una invocación propia, repetí la letanía de Ángel, obviando, tal vez, la parte de mayor importancia.
– Invocamos un espiritu, ¿espiritu estás aquí? – dije.
La copa se sacudió violentamente arrastrando nuestras manos tras ella, marcando una y otra vez la misma secuencia de letras:

TE TE TE TE TE TE MA MA MA MA MA MA TA TA TA TA TA TA RE RE RE RE RE RE

soltamos la copa al unísono, viéndonos entre nosotros las caras pálidas y nerviosas. El radio se apagó y una fuerte corriente de viento abrió la ventana donde la risa de la loca de al lado rompió el silencio de la noche.
Tome la copa y salimos corriendo escaleras abajo en la oscuridad, sintiendo una presencia detrás nuestro en cada escalón, sufriendo la opresión de los cuartos sofocantes y vacíos.
Esa noche, no pude conciliar el sueño, los recuerdos me perseguían así como la evidencia que destruí al llegar a casa; la copa de la abuela estaba surcada por delicadas grietas que formaban un tejido como telaraña por toda su campana, como si hubiera sido sometida a una terrible presión que los dedos de tres chicos no habrían ocasionado.
Fue más tarde cuando supe que en esa casa, que más bien parecía una oscura caverna, había muerto la abuela de Lucas, en su cama en el cuarto donde el espíritu marcó su promesa

TE TE TE TE TE TE MA MA MA MA MA MA TA TA TA TA TA TA RE RE RE RE RE RE
TE MATARE

Desde entonces Ángel y yo nos distanciamos de Lucas, más tarde supe que se había mudado a la casa de la abuela con su madre, cuando sus padres se separaron.
La última vez que lo crucé por la calle su rostro era una máscara pálida y ojerosa. No me devolvió el saludo aunque lo más probable es que no me haya visto, supongo que tendría otras cosas en mente.

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