Cuento: El juego de las sillas

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El sol desaparece en el horizonte, cuando el auto se detiene frente a la casa. El hombre baja del coche, cigarrillo en mano, observando con detalle el camino recorrido hasta aquel paraje desolado. Ninguna señal humana más que la construcción de paredes ladeadas. Es demasiado temprano, esta vez parece que los demás tardarán un poco más en llegar. Da una última pitada, casi quemando el filtro, y entra en la casa.

En la cabaña no hay electricidad, pero él conoce el camino en la oscuridad que envuelve la estancia. La ha visitado tantas veces. Demasiadas. Aunque de alguna manera es la primera vez que entra a ese lugar. Encuentra la silla de respaldo alto y se incorpora a ella sintiendo con las yemas de los dedos la textura irregular que forma diseños vegetales art nouveau en su tapicería.

“Es verde” se dice, y enciende otro cigarrillo. El resplandor ilumina sus ojos bajo sus pobladas cejas; Ilumina el alivio y el cansancio encerrados detrás de la negrura de sus pupilas. El resplandor moribundo se desvanece entre los pinos tiñendo el cielo de mortecinos tonos purpúreos mientras las primeras estrellas brotan en la joven oscuridad.

“No tardarán en llegar”.

La mujer joven es la primera. La reconoce por el sonido de su motor. Ya se ha acostumbrado a la cadencia específica de su máquina. Pasan unos minutos antes de que el silencio del auto anuncie su llegada inminente y otros minutos más antes que cierre la puerta; un golpe leve, apagado. El sonido de sus pasos parece provenir de kilómetros de distancia, pero en un instante está en el umbral abriendo la puerta frente a él.

Avanza cansina como una marioneta siendo arrastrada hacia el interior. Él le ofrece un cigarrillo, pero la mujer lo ignora y se echa en el diván borgoña situado bajo la ventana. Puede ver el reflejo del cigarrillo centellear en los ojos de la mujer. Dos gotas de fuego líquido en constante ebullición.

– ¿Cuándo?

Su voz rompe el hechizo. Cree que es la primera vez que la oye hablar. No suena como imaginaba. Su voz es demasiado normal, como la de cualquier peatón preguntando por una parada de colectivo en la calle. La fantasía comienza a desmoronarse, pero solo un poco. La noche es joven aún.

– Cuando llegué el sol todavía estaba sobre el horizonte – responde.

Ella asiente (¿es una sonrisa dibujada en su rostro?) y alza la vista hacia la ventana.

– Los demás no tardarán en llegar. No te confíes y elegí un asiento.

Los autos van brotando de la noche, buscando refugio a la sombra de la casa torcida. Uno a uno sus ocupantes toman asiento en la colección de extrañas sillas que ocupan la planta baja. La última en llegar es la señora del sombrero de plumas. Se le nota alterada y confundida. No hay más sillas libres en el salón por lo que se ve obligada a subir las escaleras hacia el dormitorio principal. Esta noche ella ocupará la cama. Alguien tiene que hacerlo.

Las horas pasan en silencio. El hombre no puede dejar de pensar en la mujer del diván borgoña, en su voz. El peso de las horas endulzó sus palabras, transformándolas en un tentador vino que le llama con premura. Pero no puede dejar su silla. El canto del ruiseñor pronto marcará el final de la noche y la partida, y cree percibir a la mujer del sombrero de plumas acechando en busca de su asiento como una fiera hambrienta. Pero seguramente está equivocado, está seguro de haberla oído subir las escaleras. Aunque en la oscuridad que rodea a todos los jugadores le parece escuchar el movimiento de esas plumas agitándose. Casi siente el cosquilleo de una de ellas en la punta de la nariz.

Cuando por fin despierta busca la foto de la mujer con el sombrero de plumas en las necrológicas del diario, pero es demasiado pronto y lo sabe. Desayuna, se da una ducha y saca el auto del garaje. El camino hasta la casa torcida es largo y debe apurarse si espera conseguir un buen lugar esta noche.

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