Cuento: Lo perdido

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Esta entrada en Nyarlotep.com es muy especial, ya que se trata de uno de mis cuentos más antiguos que aún sobrevive en varios sitios de la web. Fue la única entrada de mi primer intento de blog, que no supe mantener: http://nyarlotepkaos.blogspot.com/
Aunque para esta nueva edición decidí hacerle algunos cambios. Pulir el texto un poco, digamos.

Lo perdido

Se levantó del mullido asiento del colectivo, encaminada hacia la puerta. Segundos antes de bajar, retrocedió unos pasos, observó el vacío dejado por su cuerpo en el asiento y siguió su camino.

La tarde era fría y la humedad se hacía sentir calando hasta los huesos. La calle estaba casi vacía a esa hora de la mañana, la mayoría de los habitantes de la ciudad aún no salían hacia sus trabajos y el sol apenas se insinuaba con un brillo blancuzco detrás del horizonte. En el cielo nocturno la luna repleta, aún acompañada del lucero, comenzaba a menguar ante el impertinente avance del astro regente.

Alicia se apretó los brazos con las manos enfundadas en los gruesos guantes de lana de alpaca, recuerdo de sus vacaciones ya lejanas en Cuzco. Evocaba con nostalgia esas calles atestadas, la afluencia de las culturas que viajaban de todo el mundo a sumergirse en ese rico paraíso cultural. Pero los recuerdos comenzaban ahora a  entremezclarse con otras imágenes. Las tardes pasadas en la playa durante los veranos de la infancia. El insensible sol de las montañas en el pequeño pueblo de “Coihues” donde pasó sus últimos veranos. Todo comenzaba a confluir de forma extraña, como si un solo destino fuera latente en sus pensamientos. Como si cada lugar fueran solo calles que desembocaban en un mismo sitio.

Al llegar a la plazoleta frente al vetusto convento “La eterna misericordia” se detuvo en una de las amplias bancas de piedra. Su superficie fría le pareció desagradable, pero ahora el sol se elevaba sobre la tenue capa de nubes gris azulado que cubría el horizonte, bañando su rostro y cuerpo con un ligero toque de calor invernal. El viento había cesado, la invitación fue aceptada, cerró los ojos y comenzó a soñar despierta en ese paraje rodeado de grandes Tipas y Alerces; bañada por el aire frío en una danza continua con las hojas amarillas que aún se negaban a morir. Recordaba con afecto la tarde de verano en que escaló por primera vez la Sierra de la Ventana. Los compañeros con quienes había asistido, todos varones, se burlaron de su insistencia. Solo ella creía en sus habilidades, en el potencial que llenaba su cuerpo y espíritu. En aquella oportunidad les demostró cuán equivocados estaban en subestimarla. Había más potencial en ella que el de una niña, una pareja, una madre.

Se sacó los guantes y observó detenidamente sus manos con los ojos de la memoria. Amplias palmas de largos dedos blancos como piezas de mármol finamente esculpidos. Uñas cortas, descuidadas, sin un recuerdo de esmalte. Tocó su rostro con esas manos frías. Recorrió cada detalle, líneas de expresión. Abrió los ojos en cuanto el reptar se hizo evidente. Sobre el dorso de su mano una gorda oruga extendía todo el largo de su cuerpo, atravesando su piel. El color de la oruga era dorado como el sol con pequeñas motas negras como ojos redondos a todo lo largo del dorso. Alicia la tomo por las secciones medias de sustancia gomosa y observó al insecto con ojos glaciales. En ciertos momentos se sentía como la oruga atrapada entre unas manos frías que la empujaban contra su naturaleza, pero no más, nunca más. Apretó el pequeño cuerpo en su palma, ahora endurecida, y se dispuso a continuar el camino del día. Mientras se alejaba del banco, volvió sus pasos un segundo, observó el vacío dejado por su cuerpo y continuó la marcha.

El día fluyó con la rapidez y fuerza de un vendaval, pero al llegar la noche poco de él quedaba impreso en Alicia, solo sensaciones aisladas, un encuentro, una reunión y la sensación de un viaje que se extendía hasta el infinito. Un viaje que continuaba. Alicia se dispuso a regresar, pero no sabía a donde. Tampoco recordaba donde se encontraba, de alguna forma había perdido su lugar en el mundo. ¿Perú, el mar, la montaña? Un asiento mullido en un colectivo indeterminado, la dura superficie de una loza de granito. Se sacó los guantes, la mano derecha estaba fría, tiesa. La superficie de la piel cubierta de una sustancia sucia y mucosa. Acercó la palma a la boca y besó el contenido con una caricia, sintiendo el gusto acre.

Se puso de pie y observó el lugar en que se encontraba. Era un salón de lectura tan amplio que sus extremos no eran visibles entre las capas de negrura. Enormes escritorios se iluminaban parcialmente con el brillo ambarino de pequeñas lámparas. No tardó en notar que se encontraba sola, aunque poco hubiera importado que el salón estuviera repleto de gente. Delante de ella varios tomos se extendían abiertos, libros de tapas desgastadas y mohosas. Leyó los títulos, pero no le dijeron nada, en Perú no se hablaba latín. La trasmigración del alma tampoco le sonaba familiar, así como los ensayos sobre la memoria corporal que hacía instantes contemplaba con sumo interés. Se apartó confusa, su cabeza pesada repleta de ideas contradictorias. Antes de salir del salón retrocedió hasta donde se encontraban los libros, observó el vacío dejado por su cuerpo y continuó su camino.

Al cruzar el umbral le deslumbró la fuerza del terracota en la piel de los transeúntes, el mercado se hallaba repleto de turistas y más allá la risa de los escaladores le inflingía el dolor de la burla. Decidió alejarse a tiempos más remotos, y al girar una esquina el rugido del mar la recibía con la brisa cargada de espuma salada. Por un momento recordó las palabras que había entonado allí, en el oscuro salón, antes de ser completa. Dio la vuelta y observó todos los lugares en que había estado, Coihues, Perú, el mar, el mullido asiento en el ómnibus, la dureza del granito. Todos entrelazados en una cadena infinita y continua que se extendía más allá de ella como Alicia, como un ser humano, como un ser. Vio todos los espacios llenos con su cuerpo, cada vacío ocupado por su materia. Había recuperado lo perdido. Y fue, y es, y será, todo en uno y uno en todo.

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