Cuento: El hombre, el animal, el perro

el

Volviendo a los cuentos,  quería compartir este texto con ustedes. Es diferente a todo lo que he escrito antes y justamente por eso me encantaría algo de feedback  al respecto.
Advertencia, tiene algunas descripciones algo fuertes, más de lo normal en los cuentos que suelo escribir.

***

         El perro se mantiene inmóvil en la vereda mientras el hombre, bajo, de pelo rubio pajizo y corto, de cuerpo estrecho y hombros caídos, se aleja hacia la entrada del edificio. Ahí lo espera su amigo, que mira al perro con interés y una casi sonrisa de curiosidad. En cuanto el hombre se detiene junto a su amigo, se da la vuelta y hace un ademán con la mano. El perro se tensa y al girarse la mano del entrenador parte lento a su encuentro. Sus pasos rítmicos y bien marcados, como las agujas de un reloj. Se acerca hasta el hombre, olfatea su mano, da media vuelta alrededor de las piernas y se sienta a su lado.

─ ¿Qué te parece? Mejoró mucho — dice el enjuto hombre inflado de orgullo entre el perro y su amigo. Ha estado practicando por semanas ese truco y ahora su pequeño cuerpo desborda de satisfacción.

─ ¡Está muy bien!

Se quedan charlando un momento. El hombre parece grande por primera vez, mientras su amigo acuclillado acaricia el pecho del perro que jadea de placer, con la lengua manchada de negro colgando a un costado de la boca.

         Pero la satisfacción del hombre no dura mucho.

         Son las últimas horas de la tarde, cuando el ocaso tiñe de hilos dorados y rojizos las copas de los árboles y el reflejo de las ventanas más altas de los edificios de la ciudad. El extraño se ha detenido a unos metros, admirando el espectáculo del hombre, su amigo y el perro, entre la sombra de unos árboles. Las llamaradas del ocaso se reflejan en las canicas de sus profundos ojos. Solo una vez que el amigo se despide y desaparece con su camioneta tras la esquina, el extraño se acerca con una mano sorpresiva, extendida hacia el hombre.

— Eso estuvo bien, pero me imagino que notaste los problemas, — la voz del extraño, profunda y cavernosa, llena de tabaco y bebidas espirituosas, whisky y algo más exótico — en primer lugar cruza los corvejones.

— ¿Disculpe?

Pero más allá del arrebato, el hombre sabe a qué se refiere aquel extraño. No ha podido corregir ese problema básico con el perro, por más que lo ha intentado varias veces. Sigue cruzando los corvejones. Sus patas traseras en lugar de caminar derechas se doblan como velas bajo un terrible viento, dando a cada paso la apariencia de torpe vaivén.

— Si tu idea es presentar el perro en competencia, no va a pasar de los últimos puestos, al menos si sigue caminando así.

         El hombre y el extraño hacen sus presentaciones pertinentes. Hablan de perros, estructura, líneas de sangre y cruza. Hablan del Seiger, el concurso nacional de ovejeros, y cómo el juez alemán que ofició la competencia el año anterior hizo tan mal trabajo al ordenar en el podio los primeros cinco puestos. Faltó conformidad en sus decisiones. Los tipos de cuerpo no coincidieron y peor aún, algunos estuvieron fuera del estándar buscado, con una cruz muy alta o ángulos muy exagerados. Hablan de la cría sin papeles y de cómo daña la tarea del club de intentar extinguir el problema de la displasia, por el que tanto se ha trabajado en los últimos veinte años.

— Y después de todo este tiempo la gente sigue relacionando al ovejero alemán con problemas de cadera. Encima no saben diferenciar una mala cadera, cosa que solo puede verse en una radiografía, de una grupa muy pronunciada.

El hombre ríe ante esa observación. Pertenecen al mismo grupo reducido que puede entender estas cosas. Tienen un lenguaje en común. El extraño se ofrece a ayudarle con algunas cuestiones de estructura. Enseñarle trucos para trabajar mejor a los perros.

         El hombre acepta el ofrecimiento y pasan a su departamento.

         El extraño va derecho al grano. Agarra al animal y le muestra algunas posturas que cualquier handler debe conocer para hacer una presentación ante los jueces. La más básica, le explica mientras lo coloca en posición horizontal, es cómo se deben acomodar los ángulos de las patas. Las delanteras perpendiculares a la espalda y rectas. No se pueden doblar.

—  Para hacer esto hay que levantarlo por el pecho apretando el torso contra el tuyo. Así… — al hacerlo las patas delanteras quedan momentáneamente en el aire, hasta que el extraño baja su propio cuerpo y puede volver a apoyarse. El animal obedece la manipulación sin una queja. — En caso de que sea una bestia de mucho carácter y quiera pegar un tarascón, es importante cuidar la cabeza, de manera que no pueda agarrarte con los dientes.

El extraño lo agarra por la cara con una mano, mientras con la otra le acarica los pelos del cuello hacia el pecho, para luego darle una palmada en la cruz. El animal asoma la lengua rosada y le lame los dedos. Buen chico.

— Las patas traseras son más complicadas — explica.

El extraño toma la izquierda por la articulación del pie y la extiende hacia atrás lo más que puede, haciendo que el empeine quede en un ángulo de noventa grados con respecto al piso. El animal se retrae una vez, por instinto y para aliviar la tensión que siente en la ingle y en los músculos del muslo. Pero el extraño le agarra con fuerza del abdomen y vuelve a extenderla. Al final la pierna queda tensa, apoyada en el piso solo sobre las últimas falanges.

— ¡Quieto! — demanda — La otra pata tiene que doblarse hacia adelante, casi sobre el vientre.

El extraño acomoda la pata derecha. Aprieta la carne sobre el hueso a la altura de la unión con la ingle y estira la mano a lo largo de la pierna, a través del delgado pelo rubio del animal. Acaricia su pelaje, sus piernas tensas. La derecha retraída debajo del cuerpo. La izquierda temblando, apenas aguanta la tensión de la postura. El extraño se acuclilla detrás del animal, se sienta sobre sus propios pies y frota con su mano los pelos de la espalda ligeramente arqueada. Tiene que ejercitarse más para corregir ese defecto. Le dice que unas carreras en el parque fortalecerán los músculos, especialmente los de la grupa. Aprieta la zona entre la cintura y la cadera, hacia abajo, donde el coxis asoma justo por debajo de la piel.

— Esto es a lo que la gente que no está en el tema se refiere con “cadera caída” pero nosotros sabemos que es la grupa. Tiene que tener un ángulo inclinado, un poco más que la tuya. Es demasiado recta.

Fuerza con su mano los huesos lumbares del animal. Moldea con un masaje la zona como si quisiera darle la forma deseada.

— El ángulo tiene que ser un poco más pronunciado. El pecho también está poco desarrollado, pero esto se corrige de otra manera, hay que cruzarlo más para que ejercite esos músculos.

         El animal permanece tirado en el piso durante toda la noche, casi sin moverse. Todos los músculos del cuerpo entumecidos por el ejercicio del día anterior. Estira las piernas y las agujas en las articulaciones le envían gritos de dolor hasta el cerebro. Como puede se tira sobre la espalda y, con las manos cruzadas sobre el pecho, se aprieta las costillas mientras mira la penumbra que se filtra por la ventana, hasta que el sol comienza a salir a lo lejos e ilumina su pelo rubio y pajizo. El balcón repleto de plantas filtran la luz que llega verde y helada hasta su cuerpo. En esa última hora de penumbra, antes que la habitación quede iluminada por completo, la presencia del extraño aún tiene forma, peso, dimensión. Quiere pararse.

— ¡Abajo!

La voz del extraño reduce al animal a su propio cuerpo. Sobre la alfombra, al pie de la cama, tiembla.

— ¡Quieto!

El cuerpo paralizado. Fría la sangre. El dolor dejado por el extraño, patente. Despierto por esa luz mortecina que lo envuelve.

— Buen chico.

La palmada sobre la cabeza rubia del animal mientras sujeta el cuerpo desnudo contra el suyo. Esa fue otra crítica. Le falta manto negro, pigmentación.

— No sirve para exposición, capaz para crianza.

La luz a través de las hojas de las plantas en el balcón deja ver el entretejido de venas vegetales transportando agua desde las raíces y de vuelta a la tierra. Un sistema de soporte para mantener la turgencia del tejido. Casi puede sentir cómo el líquido fluye hacia arriba y hacia abajo, apretando desde el interior las paredes de las hojas, hasta el punto de estallar.

         Más tarde el hombre se levanta, despacio, como puede, con el cuerpo agarrotado. Lo hace porque la alarma no para de sonar y a las diez de la mañana quedó en ir a la casa de su amigo a buscar al perro. Para sacarlo a pasear y seguir entrenando. Se da una ducha larga, se viste despacio y sale de la casa. La puerta quedó abierta cuando el extraño salió sin despertarlo. Mientras se dirige a tomar el colectivo se queda pensando en lo que hablaron. En las semanas que dedicó al entrenamiento del perro de su amigo y todo lo que ha aprendido. Es hora de conseguir un animal propio y aplicarlo. Pero primero necesita encontrar otro lugar para vivir, el departamento es muy chico y además la administración no acepta mascotas.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Agente Ar. dice:

    1332555243771216176613871231344

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